Pérez-Reverte real académico de la lengua española ¡por cojones 33!

Arturo Pérez-Reverte trabajó en Televisión Española como reportero especialista en conflictos armados: la guerra de Chipre, la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sahara, la guerra del Sahara, la guerra de las Malvinas, la guerra de El Salvador, la guerra de Nicaragua, la guerra del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, la guerra de Angola, el golpe de estado de Túnez, etc. Los últimos conflictos que ha vivido son: la revolución de Rumania (1989-90), la guerra de Mozambique (1990), la crisis y guerra del Golfo (1990-91), la guerra de Croacia (1991) y la guerra de Bosnia (1992-93-94).


Que Pérez-Reverte con su displicencia genera pasiones y rechazo a partes iguales es obvio; tiene además un púlpito excelente, desde 1991 publica una columna en XLSemanal, en ella se despacha a gusto y no deja títere con cabeza si la ocasión y el cuerpo se lo pide. Un ejemplo el artículo publicado el 26 de abril de 1998, que rozando lo soez deviene en gracioso:

“Hace tiempo que mi madre no me da la bronca por abusar el lenguaje soez en esta página, y empiezo a preocuparme. O ella envejece y se acostumbra, o estoy perdiendo facultades y volviéndome lingüísticamente correcto. Por fortuna, todavía llegan cartas de algún lector o lectora inasequibles al desaliento, afeándome mi poca vergüenza. E incluso Nacho Iglesias, el baranda de esta barraca, recibe periódicas sugerencias para que en El Semanal me echen a la calle de una puta vez. La última es de un señor de Oviedo, por la letra jubilado y por el membrete notario, que me afea el uso, e incluso el abuso, de la palabra “cojones”, e incluso sugiere la posibilidad de que yo saque tanto a colación el asunto por algún trauma personal relacionado con mi propia virilidad o, subraya el amable comunicante, mi ausencia de ella. “A ver si es maricón”, concluye, por si no he captado los circunloquios preliminares.
En fin. Al margen de que yo pueda resultar más o menos maricón, la antedicha carta me viene al pelo para traerles a colación un impreso anónimo que hace tiempo circula por ahí, –algún lector ha tenido el detalle de mandármelo–, y que, bajo el título Riqueza del castellano, enumera una exhaustiva relación de las diversas acepciones que en nuestra lengua, la de Quevedo y Cervantes, tienen los atributos masculinos. Y me van a perdonar el notario de Oviedo y mi madre, pero no me resisto a glosar el asunto y poner los cojones en su sitio. Por ejemplo: según confirma con acierto singular el mencionado folleto, el sentido de “cojones” varía según el numeral que lo acompaña. La unidad significa algo caro o costoso (eso vale un cojón), dos puede sugerir arrojo o valentía (con dos cojones), tres significar desprecio (me importa tres cojones), y un número elevado suele apuntar dificultad extrema (conseguirlo me costó veinte pares de cojones).

Del mismo modo, basta un verbo para darle variedad a los significados. Verbigracia: “tener” puede referirse a valentía (esa tía tiene cojones), pero también censura, admiración o sorpresa (¡tiene cojones! ). “Mandar” indica perplejidad (¡manda cojones! ); expresión que, en su variante ¡manda huevos!, hizo recientemente popular en sesión de las Cortes, mi paisano y compañero de maristas Federico Trillo.
Siguiendo con los verbos, acompañado de “poner” puede significar reto o aplomo(puso los cojones encima de la mesa), y el verbo “tocar” implica molestia, hastío o indiferencia (me toca los cojones), vagancia (se toca los cojones) e incluso desafío (anda y tócame los cojones). El término es también acepción de lentitud (viene arrastrando los cojones). Y en cuanto a amenaza, su uso es frecuente (te voy a volar los cojones) e incluso se recurre a ello para describir agresión física (fue y le pateó los cojones).

Los prefijos y sufijos también son importantes de cojones. Por ejemplo, a- significa miedo (acojonado), des-implica regocijo (descojonarse), y -udo implica calidad o perfección (cojonudo). También las preposiciones matizan lo suyo: “de” alude a éxito (nos fue de cojones) o intensidad (hace un frío de cojones), “hasta” define ciertos límites (hasta los cojones) y “por” alude a intransigencia (por cojones). También se recurre a ellos como lugar de origen para definir cierto tipo de actitudes intrínsecamente españolas y como origen de voluntad inapelable (porque me sale de los cojones).

En cuanto al color, la textura o el tamaño del asunto, los significados son ricos y diversos como la vida misma. Un color violeta define bajas temperaturas (se me quedaron los cojones morados de frío). Posición y tamaño son decisivos, tanto para precisar pachorra y tranquilidad (se pisa los cojones) como coherencia (lleva los cojones en su sitio).
Sin que falten referencias cultas o históricas (tiene los cojones como el caballo de Espartero). Así que ya me dirá usted, señor notario. A ver cuándo Shakespeare, o Joyce, o la madre que los parió, en esa jerga onomatopéyica y septentrional que usaban los pastores para llamar a las ovejas, y los piratas para repartirse el botín contando con los dedos, fueron capaces de utilizar, con todo su Oxford, la palabra equivalente con tanta variedad, y tanta riqueza, y tanta prosapia como la usa hasta el más analfabeto de nuestros paisanos. Tres mil años de griego, latín, árabe y castellano respaldan el asunto. Lo que, se mire por donde se mire, es un respaldo lingüístico de cojones”. Artículos de Pérez-Reverte 1995/1998

Si queréis disfrutar de los artículos desde el año 2001 al 2008, disponibles online en XLSemanal, sólo tenéis que poner el año en el buscador en este enlace,  y a disfrutar !! .

La cuestión es que de manera milagrosa para algunos y justificada para otros por su capacidad de escribir novelas que se convierten en las más vendidas en España o son adaptadas a la gran pantalla con éxito de taquilla, Arturo Pérez-Reverte se convierte en miembro de la Real Academia española el 12 de junio de 2003.

He encontrado, en internet, un testigo directo de esa ‘regia entrada’, que lo narra cual si fuere don Benito Pérez Galdós. Os extraigo partes de su experiencia personal:

A las seis de la tarde del jueves doce de junio de 2003, en Madrid, la calle hervía a treinta y nueve grados. ¡Pérez-Reverte en la Real Academia! (….)
Pero ¡qué calor!, ¿cómo es posible que no haya aire acondicionado?, con la que está cayendo…, y todavía queda media hora para que empiece esto, no sé si voy a aguantar, y mira que es duro el banco de madera en delantera de lateral del gallinero académico, pero lo peor es la chicharrera, (….)
Así es que así es como por fin empezó la ceremonia, con el príncipe recorriendo la larguísima alfombra por el estrecho pasillo central, camino de la mesa de la presidencia, acompañado por la ministra de cultura y el director de la Academia.
Ya sentado en la presidencia, Felipe de Borbón invitó a los dos miembros más recientes de la corporación, Luis Ángel Rojo y Margarita Salas, a “introducir” en la sala al académico electo, y allá que se fueron con su encomienda el economista y la científica, abandonaron sus sillas para recorrer el pasillo alfombrado en dirección contraria a la del príncipe un minuto antes, a buscar al novelista, que les esperaba fuera.
Cuando entraron, el dúo se había tornado trío, y a su frente avanzaba Pérez-Reverte entre los aplausos entusiastas de la concurrencia, inusuales, al parecer, en estas sesiones. Sonriente, con gesto de confianza, casi confianzudo, avanzaba el escritor, y a grandes pasos, muy rápido, tal vez queriendo apurar cuanto antes ese mal trago, y por eso a demasiada distancia de sus “introductores”, que se veían incapaces de acompasar la marcha a las zancadas del cartagenero, que además andaba con la cabeza ladeada, “columpiando la estatura y meciendo la persona” -como luego diría él del jaque setecentesco protagonista de su discurso-, quizá con una campechanía exagerada para restarle solemnidad al paseíllo o desmentirla de alguna manera. Acomodado el nuevo académico en su silla, ante una mesita minúscula y un micrófono, el príncipe le dio la palabra para que empezara a leer sus folios.
(….)


Y tan entretenido que estaba yo, cómo no iba a estarlo con ese venga a levantarse y sentarse gente, ese traspaleo de excelentísimos y altos magistrados del idioma alfombra arriba y abajo, tan ricamente que se me habían pasado esos dos o tres minutillos, y hasta se me había olvidado el calor. Pero aymé, que todavía tenía que discursear el discurseador, y ya sabemos que son rarísimos quienes hacen caso de lo que decía Cervantes, aquello de que ‘no hay razonamiento que, aunque sea bueno, siendo largo lo parezca’, y no había por qué esperar que estuviera entre ellos Pérez-Reverte. Que empezó a leer quizá demasiado rápido, con dicción por momentos imprecisa, sin llegar a ser atropellada pero tampoco del todo clara, y de esa manera, tras el recuerdo de rigor del gran don Manuel Alvar, el académico que le precedió en el sillón de la letra T, encaminó el discurso a su meollo, ”
El habla de un bravo del siglo XVII“, ¡aymé!, y qué calor que empezó a hacer otra vez. (….)
Y no puedo dejar de declarar que el discurso de Pérez-Reverte, si al principio me sorprendió y al breve rato me aburrió, después de media hora larga y sin visos de terminar (y yo venga a mirarle las manos, para ver cuántos folios quedaban en el mazo de los aún no leídos, y cómo iba menguando), después de todo ese tiempo, digo, me resultó francamente cargante.


“Enfunda luego las gambas en las cáscaras, las medias, y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos…”.

Narrativamente chato, amén de eterno, me pareció el relato de un día en la vida del rufián español del siglo diecisiete, mera excusa para demostrar su dominio de la germanía de la época. “Pero si no hacía falta que justificara de esta manera su elección como académico”, decíame yo para mí, “si para todos está claro que se le ha elegido por su éxito como novelista, y que esa sea razón suficiente para entrar en la Academia ya pocos lo discuten; si no necesitaba exhibir ningún mérito lingüístico o filológico –y este desde luego no lo es- más allá del buen uso que haga del español para contar historias…”.

“…tachonado de cuero, que así llama él al cinto, con espada, o mejor toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi palmos…”

Después de diez o quince minutos, esto a mí ya casi no me dolía, estaba insensibilizado, y hasta daba en sonreír cuando el texto intentaba alguna gracia, aunque sólo fuera para acompañar la sonrisa contagiosa y muy simpática del príncipe, allá abajo en la mesa presidencial, y a veces me echaba para atrás en el banco y dejaba de ver al novelista unos segundos, luego me inclinaba hacia delante otra vez y apoyaba la cabeza en la mano derecha, vuelto a la izquierda para verle de nuevo.(….)
Y mientras tanto Pérez-Reverte continuaba inmisericorde su monótono despliegue de los términos y las expresiones que conformaban la jerga de jaques y rufianes en el Siglo de Oro español, para eso igual le habría valido una lista de equivalencias, un vocabulario, cada palabra con su significado, en lugar de armar este cuento aburridísimo a base de “el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras…”


Ilustraciones Capitán Alatriste, Joan Mundet

“Muchas gracias”, dijo por fin el novelista, y tras una ovación atronadora, tomó la palabra Gregorio Salvador, uno de sus padrinos en la Academia, para contestarle y hacer su elogio. (…)
Ahora, lo hiperbólico de verdad fue el final. Salvador había recordado hacía unos minutos la fascinación del escritor adolescente por aquel pasaje de Jenofonte en que los soldados griegos alcanzan la cumbre de una montaña y avistan el mar (“¡Zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar!”), y volvió a ese motivo para terminar su discurso, tal vez sin calcular el ligero efecto de… ¿vergüenza ajena? que podría causar en ánimos tan susceptibles como el mío tras casi dos horas de sesión académica, fogaje ambiente y sobredosis de germanía:
“Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte (¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya…”.
Tomado de: Pérez Reverte en la Real Academia, Cuaderno de lengua

Mostró especial inquina Pérez-Reverte contra Francisco Umbral, dos artículos fueron los más sonados:

Sobre Borges y sobre gilipollas y   El muelle flojo de Umbral

Todas las columnas de Francisco Umbral, El Mundo

www.capitanalatriste.com

Real Academia Española

Real Academia de la Lengua Vasca

Real Academia Galega

Academia Valenciana de la Lengua

Institut d’Estudis Catalans

Orígenes de la lengua española

El habla de un bravo del siglo XVII (discurso completo)

Cuaderno de la Lengua

www.joanmundet.com


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Acerca de nieves
Nací en Bustiello (Santa Cruz de Mieres), un pueblecito asturiano a la orilla del río Aller. Actualmente vivo en Santiago de Compostela e intento enseñar matemáticas en centros públicos de Galicia.

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