KITARO en La ruta de la seda

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Silk Road

En los 80 se emitió una serie sobre China , ” La ruta de la seda“, que a “algunos” nos dejó marcados por la música. La BSO era de un desconocido Kitaro, en aquellos momentos. En Días del futuro pasado tenéis un minucioso estudio de los lugares que describían en la serie.

Dance of Sarasvati

Kitaro en Directo (Thailandia)

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Página oficial Kitaro

4’33” Cuatro Minutos Treinta y Tres Segundos

Eso es lo que dura la obra musical compuesta en 1952 por John Cage (1912-1992), para piano, donde los músicos son el público. Concretamente, el pianista elegido para ‘no’ tocar fue David Tudor.
La “música” consiste en todos los sonidos que se oigan en el salón, durante el tiempo que dura la “pieza”. Como algunos de los sonidos durante la ejecución son accidentales y provienen del público, éste debe contarse como parte integrante de los músicos ejecutantes.

He aquí el no-concierto :

David Tudor al piano

Incluso, actualmente, se hacen homenajes “orquestales ” a esta no-pieza musical :

La filosofía Zen en el trabajo de John Cage

John Cage Discography

David Tudor

Pulgarcito de Charles Perrault, un cuento violento del siglo XVII

Ilustraciones de Gustave Doré

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hijos eran una pesada carga ya que ninguno podía aún ganarse la vida.(…)
Sobrevino un año muy difícil, y fue tanta la hambruna, que esta pobre pareja resolvió deshacerse de sus hijos.

Una noche, estando los niños acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, le dijo:
-Tu ves que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; ya no me resigno a verlos morirse de hambre ante mis ojos, y estoy resuelto a dejarlos perderse mañana en el bosque, lo que será bastante fácil pues mientras estén entretenidos haciendo atados de astillas, sólo tendremos que huir sin que nos vean.(…)
Pulgarcito oyó todo lo que dijeron pues, habiendo escuchado desde su cama que hablaban de asuntos serios, se había levantado muy despacio y se deslizó debajo del taburete de su padre para oírlos sin ser visto. Volvió a la cama y no durmió más, pensando en lo que tenía que hacer. Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo nada a sus hermanos de lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus niños a recoger astillas para hacer atados. El padre y la madre, viéndolos preocupados de su trabajo, se alejaron de ellos sin hacerse notar y luego echaron a correr por un pequeño sendero desviado.

Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a bramar y a llorar a mares. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde volverían a casa; pues al caminar había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:
-No teman, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo los llevaré de vuelta a casa, no tienen más que seguirme.

Lo siguieron y él los condujo a su morada por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre.
En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les estaba debiendo desde hacía tiempo y cuyo reembolso ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que se necesitaba para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo:
-¡Ay! ¿qué será de nuestros pobres hijos? Buena comida tendrían con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, fuiste tú el que quisiste perderlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo en ese bosque? ¡Ay!: ¡Dios mío, quizás los lobos ya se los han comido! Eres harto inhumano de haber perdido así a tus hijos.
El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba. No era que el leñador no estuviese hasta más afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía lo mismo que muchos como él que gustan de las mujeres que dicen bien, pero que consideran inoportunas a las que siempre bien lo decían. La leñadora estaba deshecha en lágrimas.-¡Ay! ¿dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos?…continuar leyendo Leer más de esta entrada